Hay talleres que explican la memoria de la tierra. Olor de caña, manos manchadas de fibras o el ruido suave del palmito. Hablamos con el artesano, Juanjo Cerdà, que regenta Can Corretja en Pollença para conocer la historia de un oficio que suma generaciones y que conserva una disciplina casi ancestral: la fabricación de escobas.
«Can Corretja empezó con mi abuelo fabricando escobas, hacia 1940», explica el artesano. El trabajo transcurrió de generación en generación: «Toda la vida hicimos escobas, y mi padre también.» Esta continuidad no es solo cronología, es una manera de relacionarse con el paisaje y con la materia prima local.



Hace años, Pollença era conocida por la producción de escobas. Era una actividad extendida que implicaba a muchas familias del pueblo y que generaba una economía propia vinculada a los recursos naturales del entorno. «Pollença era un pueblo de escobas», explica Juanjo, «había más de doscientas personas que hacían escobas». Se distribuían por toda Mallorca y también en otros lugares. «Se enviaban escobas por toda Mallorca, a Menorca, a Ibiza, a todas partes… incluso a la península», recuerda con nostalgia.
Tradicionalmente cada territorio había desarrollado una especialización según sus recursos disponibles. «Cada pueblo tenía un poco su especialidad. En Artà y Capdepera, por ejemplo, la tradición estaba más vinculada a las cestas de palma; en Pòrtol destacaba la cerámica. En el caso de Pollença, el desarrollo del trabajo de las escobas estaba muy relacionado con la disponibilidad de palmito y de caña en la zona», resume Juanjo.
Con el paso del tiempo, esta realidad ha cambiado profundamente. La llegada de productos industriales y la competencia de materiales más económicos han reducido la producción artesanal de escobas. «Ahora solo soy yo», dice Juanjo con cierta serenidad. Él mantiene una mirada realista sobre las dificultades de la artesanía hoy: «Hacer escobas no es muy rentable. Es uno de los oficios artesanos más marginales que existen». Por esto, él ha ido adaptando el taller con otros productos artesanales, como las cestas o los instrumentos de caña.



Aun así, continuar haciendo escobas tiene para él un valor que va más allá del negocio. «Lo tengo como un extra y no lo dejo porque me viene de herencia. Además, todavía hay gente que prefiere este tipo y también los hay que tienen un gran aprecio a sus escobas. He reparado algunas de más de 25 años y aunque para mí sea mucho más sencillo hacer una nueva, por el aprecio que tienen a este objeto, lo hago con gusto», explica. Es una manera de mantener viva la memoria familiar y también la del pueblo.
La fabricación de la escoba está ligada a los ritmos de la naturaleza y a un saber hacer que se ha transmitido durante generaciones. Juanjo explica que cada paso tiene su momento y que la calidad final depende mucho del respeto por este tiempo. «Primero se corta el abanico, la palma de palmito en verano y tiene que dejarse secar. Las cañas se cortan en la luna menguante de enero, porque si no se carcomen y no sirven. Cuando han pasado cuatro o cinco meses ya pueden pelarse». Con los materiales preparados, empieza el montaje: «El abanico se hace en manojos, después se mete la caña, le pasamos el alambre y después la cuerda». Es un proceso manual que da forma definitiva a la escoba.



El resultado es una herramienta de caña, palma y cuerda. Esta es una de las diferencias principales con los productos industriales. «La mía es biodegradable, las otras se hacen con plástico». Pero para Juanjo la diferencia no es solo material: también hay una cuestión de sensaciones. «Cuando barres con una escoba artesanal, el sonido que hace es muy diferente… es relajante, es otra historia.»
Más allá del oficio, en el relato de Juanjo hay una manera de entender la vida que va íntimamente ligada a su trabajo. Para él, el valor principal no es solo producir, sino poder vivir con autonomía: «Me propongo mi trabajo. Hoy tengo que acabar esto, y lo acabo. Si una mañana tengo una idea, o una canción nueva, porque también soy músico, me pongo a tocar la guitarra un rato y después ya vuelvo al trabajo. Esto para mí es libertad y no lo cambiaría por nada.» Esta flexibilidad define su ritmo y le permite organizarse según el momento y mantener un equilibrio entre trabajo y vida personal.



Cada pieza hecha con caña y palma es una pequeña reafirmación de sostenibilidad, de originalidad y de memoria. Si más personas deciden consumir con conciencia —priorizar la calidad, reparar antes de comprar de nuevo—, estos oficios tienen futuro. Y cuando compramos una cesta o una escoba de palma o un instrumento de caña, no solo adquirimos un objeto, abrazamos una tradición, un paisaje y una historia que todavía tienen muchas cosas que explicar.